Pedro GPinto, aficionado a juntar letras. En setenta años que arrastra en su mochila no aprende. Jo

domingo, 6 de agosto de 2017

Aquella emprendedora

--No la vuelvas a llamar así.
--¿Qué…, el qué?
--Que no la vuelvas a llamar “mami”. Lo odia.

Me acordé entonces de todo lo que ella misma me había contado de su juventud. De su llegada a España.


Y me hacía gracia aquella situación de matrioska inversa que asumía la Uxi. Ella, con sus veintipocos años años haciendo de madrecita, de protectora de la negra Fanny. Cierto que Uxía era ya también madre y protectora, pero allí se supone que era la última en ese escalafón y de repente se había transfigurado en la pachamama que nos protegía a todos. A mí, porque por aquel entonces debía dar la impresión de algo de desvalimiento y por ello notaba cómo todas las mujeres que me trataban lo hacían con un cierto aire maternal. Y a Fanny porque entonces estaba viviendo momentos difíciles y lo que menos necesitaba era que un patán como yo le recordara tiempos aciagos.

--¿Fue… eso? ¿Mami?
--¿Tú que crees?

Tiene Uxía el pelo negro como el azabache y la piel blanca como la leche. Fruto de cruces raciales que en esta tierra no es raro. Sus ojos son pequeños, más juntos de lo que debieran y su nariz tampoco entona con su pequeño rostro. Es una nariz grande y algo curvada. Un día le dije de broma que de mayor iba a parecer una de esas muñecas de pañuelo en la cabeza y toca con una verruga en la nariz, con escoba, una meiga, y mitad enfadada, mitad risueña me dio un manotazo. Su bebé no debe tener más de cinco o seis meses y tras el parto se estilizó su figura aunque marcando unas caderas poderosas y un pecho rotundo que se adivina firme y es el imán que atrae las miradas masculinas. Ella lo sabe y sus camisetas suelen tener un escote generoso que muestran tal vez algo más de lo habitual, pero desde luego menos de lo deseado. Y ella lo sabe.

--Un día cualquiera de estos que bajes por la tarde a tomar tu infusión de frutos rojos y esté sola como otras veces tírale de la lengua. No es remisa ni oculta su pasado a los amigos. Pero tampoco lo va contando a todo el mundo.

Y ese día, sin preguntar gran cosa, Fanny me contó lo que quiso de su historia que es, por desgracia, como la de tantas otras chicas que llegaron soñando. Tal vez algo más afortunada. La dejamos el otro día en el aeropuerto, que dio como lugar seguro. No se equivocó demasiado, porque casi todos los demás sitios a los que acudió estaban rodeados de peligros.

--Nunca he sido religiosa –me contaba--. Mi mamá sí rezaba y me llevaba a la iglesia de niña, pero dejé de rezar cuando vi que a ella no le sirvió de nada rezar a la Virgencita para que la curase. No obstante el policía del aeropuerto era buen hombre y me dio la dirección de una iglesita adonde a veces acudían otros latinos, sobre todo señoras. Llegué esa misma tarde a ella en un día caluroso y me senté en un banco del final. Era día de entre semana y a la misa solo acudieron unas beatas. Ninguna tenía pinta de ser de allá, de mi tierra. Aquella noche no volví a dormir al aeropuerto y aquel fue mi gran error. Cuando cerró la iglesia hube de marchar y me sentía sola y asustada. Pero sí es verdad que en aquel barrio se veían bastantes latinos. No quería gastar la poca platita que me quedaba, pero pensé que tomar un refresco en un bar que se anunciaba con nombre de allá me permitiría tal vez encontrar a alguien que quisiera ayudarme.

Pregunté a la señora que atendía a la barra si me dejaría dormir en el suelo cuando cerrase si le ayudaba a fregar y a limpiar. Me miró raro. Luego se echó una carcajada. “Mira, negrita, --me dijo--. Esto no es un hospicio y yo no necesito ayuda. ¿De adonde eres?”. No tenía muchas opciones. Le conté cómo había llegado en busca de mi hermano y cómo este estaba guardadito en prisión. Estaba dispuesta a trabajar en lo que fuera para poder subsistir. “¿En lo que sea, mi niña? ¿Seguro? –me contestó”. No sabía yo que había firmado mi condena.

Aquella noche dormí ya en casa de la gorda Camila. Cuando advertí que a la puerta rondaban unos guarachos tomando, pensé que si ganaba algo de plata y aguantaba unos pocos días podría salir y buscar algún trabajo decente. Total, el viejo ya había abierto el camino de la sangre. Qué equivocación. La gorda me ocupaba cada noche con cinco o seis pinches pero me decía que no me podía pagar plata hasta más tarde.

Ese camino no tiene vuelta atrás. También es verdad que pasados los primeros días aquella vida no era tampoco la peor. Salvo la humillación, claro, de aguantar a veces a tipos difíciles que pedían cosas que al principio me negaba. Lo terrible era lo que allí mismo contaban de otras chicas. Había muchachas esclavas rodando por garitos que no eran dueñas de sí mismas. La gorda Camila me tenía asustada con denunciar la falsedad de mi pasaporte y cierto era que allí acudían policías a los que no les cobraba. Llegó un momento en que me tomó cariño, también es verdad que yo era su principal fuente de ingresos, y no voy a negar que llegué a quererla algo también. No es fácil adivinar hasta qué punto puede sentirse sola y desamparada una mujer en un país extraño. Donde quiera que encuentra algo de calor se arrima, como un cachorrillo de cualquier animal se ahíja a la primera teta que le ofrece de mamar. Hasta me pareció que aquello se parecía a una familia y sé bien que la gorda Camila no consintió en venderme, sabiendo yo que le hicieron buenas ofertas por mí, como si una potranca fuera. Yo le decía Mami, como las otras chicas pero ella me decía muy quedito que solo yo era su hijita.

Así pasaron varios años y una noche, ya avanzada la madrugada, Camila trastabillando se sentó en un sillón que era su favorito, pero con la cara pálida y respirando con dificultad. Como un ronquido. Tenía los ojos cerrados y cuando me acerqué a auxiliarla no podía hablar. La boca se le había torcido y un hilo de saliva le corría por la barbilla. Solo quedaba una chica atendiendo a su cliente y las otras cuatro acudimos a ver cómo la podíamos ayudar. Llamé a las asistencias. Una médico joven la estuvo escuchando con las gomas y en la misma ambulancia la trasladaron. Yo era todavía solo un poco más que una niña pero me había hecho mujer en aquel tiempo. No solo me hice cargo de atender a Camila en el hospital sino que organicé la casa a su vuelta para que no le faltara nada. Conseguí que todo lo demás siguiera como hasta entonces. Alguna lo aceptó a regañadientes pero saqué no sé de dónde una autoridad que nunca había ejercido.           

Luego pasaron varios años más así. Me hice dura. Era la que organizaba, ordenaba las compras y ponía orden entre las chicas. Cuando salió Camila del hospital era, aún joven, como una vieja inválida. La había acomodado en la mejor habitación de la casa y nunca le faltó nada. Había perdido el habla y lloraba con frecuencia. Las demás chicas empezaron a llamarme “mami”. Curiosamente no me molestaba. Me daba autoridad y fuerza. Dejé de ocuparme con los clientes y solo hubo un muchacho que me sorbió el seso, pero eso duró poco.

Una mañana, sin esperarlo, Camila amaneció muerta. Me encargué de que tuviera un buen entierro. Alquilé por diez años una tumba en un buen sitio del cementerio y le encargué una hermosa cabecera de mármol. Confieso que me hice con casi todo el dinero en metálico del que Camila me había revelado el escondite. Tenía también una buena cantidad en una libreta pero esa se la llevará el Gobierno. Pinche gobierno. Una mañana, sin decírselo a nadie me hice mi maleta y llegué hasta aquí, a tantos kilómetros. Tomé el traspaso de este bar y eso es todo. Sé que tu lengua es prudente y guardarás todo esto que te he contado.





Nota.- Sobre una mínima verdad he creado este relato que en un noventa por ciento al menos es imaginado.   

lunes, 5 de junio de 2017

LAVÍN

(Ya me perdonarán. Este archivo estaba perdido por esos discos duros que ni el diablo sabía por dónde andaban).

Está enferma una de las perrillas de Lavín, la negra con una pata canela. Está quieta, acurrucada junto a él y de vez en cuando le da como una tos o como una náusea. Lavín está muy atareado terminando una de sus escenas de camino.

Siempre me maravilla lo que saca del envés de un cartón usado, una caja  de galletas o de detergente, y los cuatro bolis que venden juntos, azul, negro, rojo y verde. Bic naranja, bic cristal, dos escrituras para elegir, bic naranja escribe fino, bic cristal escribe normal, bic, bic, bic, bic, bic, tararea entre dientes como casi siempre que lo pillo en la tarea. En este cuadrillo de hoy va delante una gitana vieja con una canasta de flores sobre la cabeza, al lado un gitano con su bastón y un galgo flaco de ojos muy grandes junto a él. Ya detrás, el consabido carromato.

Lavín me lo dijo un día ‘El carro me sale ya sin mirar, ompare. Y me cubre de medio cuadro.’ Esa es la verdad. Unas veces le pone en las varas un caballejo al que hasta se le adivinan las mataduras. Otras veces se ve claramente que es un burro, que parece torpe y cansino. El galgo, el borrico, el caballo viejo, pintados con ingenuidad y esmero, los perrillos que acompañan a Lavín amarrados a las bicicletas denotan una ternura por los animales que rara vez, o ninguna, le he visto expresar por ninguna persona.

También, cuando quiere darle mayor patetismo a la escena, dibuja un carrillo un poco más pequeño y le pone al tiro a un gitano joven, descalzo, harapiento, doblado hacia delante, todo el sufrimiento de la carga en su espalda y su cintura. Quizás Lavín se autorretrata sin proponérselo. 

--‘No soy capá de pintarle la cara en esa postura, ompare. Le echo la mata de pelo p’alante  y ya está. A juí.’

Para rematar, luego, como los niños pequeños, dibuja arriba con un difuminado de rayas finas un cielo azul de un dedo de ancho, apretando muy suavito el boli para que parezca celeste. Casi siempre también pinta un sol haciendo un milagro con el boli rojo, porque no tiene amarillo ni naranja. Si hay algún árbol, lo que es frecuente, pinta unas inocentes palomas revoloteando, ninguna se posa en el árbol o en el suelo. ‘Las palomas comen en el suelo’, le comento. Me mira un rato despacioso, como siempre, pensando un rato lo que le he dicho y otro rato lo que me va a contestar. ‘Las palomas saben que si se aposan delante de un gitano van al puchero’. Y no vuelve a hablar en todo ese día.
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Hoy casi no me ha mirado. Si acaso, me ha conocido sin levantar la vista más arriba de mis rodillas. Está pendiente de su cuadro y de vez en cuando mira de reojo a la perra. Le dice muy bajito palabras dulces, ininteligibles, en un susurro, como a un bebé que se está durmiendo. La perrilla, ya lo he dicho está con unas convulsiones raras, de tos, de náuseas.

--¿Cuánto te cobra la veterinaria, compadre?’. Entonces levanta los ojos, azules, acuosos, y me dice:

-- ‘Si está la más gorda me pide diez lerus, pero de la otra no me puedo fiar. Como se gasta tantísimo en vestir, que cada día llega hecha un figurín, si ese día tiene un caprichito y se lo quiere comprar, me puede pedir lo que le dé la gana’.

--‘Hombre, no creo -le digo- te cobrará más si tiene que darle medicinas más caras o está más tiempo con el animal’.

--Que no, ompare, lo que yo te diga. Un día, jace ya tiempo por sacarle un pincho de enreapelo de la oreja al Zurri me pidió mil pelas’.

--‘Pero mil pelas es menos de diez euros, Lavín, Te cobró menos que la gorda’.
Levanta de nuevo la cabeza porque lo de la conversión monetaria aún no lo llevaba demasiado bien entonces.

-- ‘Bueno, viá dejarme de parla que quiero terminar esto antes de la novena’.
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Lavín tiene su “oficina”, quizás sea más propio decir su estudio, en la puerta del SuperEco. Ha llegado a un acuerdo con las cajeras y ocupa el poco más de metro y medio que hay entre la locomotora con cara de sol riente y la terminación de la fachada del súper. Cuando se montan chiquillos mayores que no echan la moneda y solo la usan para esconderse, ponerse de pie en el asiento o simplemente el potreo, Lavín pone cara de muy enfadado y les dice ‘Ya te estás bajando de ahí’.

--Mira que los chavales de hoy tienen poca vergüenza, ompare. Po cuando les pongo cara de mala leche se van sin decí ná. Si acaso te miran y uno sabe lo que te está diciendo sin abrir la boca. Un día, el rubio tó mellao ese que tiene al hermano en la cárcel me dijo “¿el tren es tuyo?” y le tuve que decir una barbaridad. Desde entonces no ha vuelto a montarse. Es que ni aparece por aquí. Por lo menos, como esté yo. Pero bueno, ya está bien de parla, que no termino el cuadro este joío’.

Cuando termine, mirando la hora por lo alto que vaya el sol, dejará la bicicleta con los perros amarrados a una ventana del mercado municipal, que a esas horas ya está cerrado, le dirá a la argentina del quiosco – ‘a nadie le digas que le dicen la Boluda, ompare por tus muertos’- que le eche un ojo a su patrimonio y se irá a la puerta de la iglesia. Allí coloca cuidadosamente cuatro o seis fotocopias en color de los mejores cuadros ya vendidos pero no el original que haya terminado ese día si antes no le ha hecho alguna fotocopia en color. Aparte, aunque no se nota la divisoria, los originales que no ha conseguido vender en los días anteriores.

Sólo entonces me doy cuenta de que la perrilla mala no está amarrada. Los otros dos perros están sujetos a la bicicleta con sus cuerdas. Por mucho que se repita, aunque lo vea mil veces, siempre me maravilla el espectáculo de ver a Lavín con sus gorros multicolores, una gorra de publicidad, un pañuelo viejo como turbante, lo que sea, tapándole sus greñas medio rubiascas, en su bicicleta con dos transportines, el delantero de alambre mohoso de ir a hacer la compra y el de atrás, una enorme caja de fruta de plástico azul sujeta con cuerdas roñosas, cargados ambos hasta las trancas con todas sus pertenencias y los tres perrillos trotando detrás. Todas las pertenencias no, la colchoneta la tiene bien doblada y amarrada debajo del algarrobo de detrás de la gasolinera, con el saco de dormir dentro.

En los aseos de la gasolinera se lavotea la cara por las mañanas, da de vientre y deja limpio el inodoro. Sólo el Viejo, un gasolinero que conoció tiempos de robar gasolina de mil modos distintos, amigo antes del Fundador y cliente furibundo del Dyc actualmente, le pone a veces mala cara. Lavín procura tenerlo contento. Un día le regaló un hermoso cuadrito del camino y el otro le contestó medio de malas maneras,

--‘¿Dónde voy yo a poner esto?, ¿en mi casa? Anda, mejor tíralo a la basura’.


Lavín ni se inmutó, tomó el cuadro en sus manos como si fuera algo delicado y ese mismo día por la tarde le trajo de regalo una hermosa linterna, que ésta vez el Viejo sí se la agradeció.

Sin que nadie se lo diga barre todos los días la gasolinera, vacía las papeleras y un día avisó a voces que un chaval, jinete de vespino se iba sin pagar. Otro día entregó en la caja un billete de cincuenta euros, dobladito que había en el suelo. Al buen rato volvió el dueño angustiado preguntando si... y los gasolas, que se prometían cervecitas y unas raciones para todos, se lo tuvieron que devolver. Cuando el hombre ya se iba, la Pili, la joven gasolinera que tiene la niña autista, le dijo que era Lavín el que se había encontrado y devuelto el billete.
Lavín no estaba. El tipo se largó.
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La primera vez que me encontré con Lavín fue en el bar del Isidro. Hace de esto seis u ocho  años. Estábamos los cuatro gatos de siempre a esa hora. Yo con el periódico del bar, el Isidro y los otros acérrimos dale que te pego con el fútbol. Noté un olor agrio, fuerte, espeso, y sentí que alguien se sentaba en el taburete que estaba a mi lado.

-- ‘Una leche manchá y un bagué con manteca’.

-- ‘No ha llegado el panadero’, contestó, seco, el Isidro.

-- ‘Po dame un durce de esos, pero que no tenga crema’.

--‘Te voy a poner lo que me has pedido, pero el café te lo llevas en un vaso y te lo tomas en la plaza. Son doscientas setenta y cinco’. Eran tiempos de pesetas.

A Lavín le fue a salir un gesto de protesta que reprimió en seguida. Puso una chocolatina de las de quinientas de entonces encima del mostrador mientras que, en la máquina, goteaba el café en un vaso de cartón, de esos de propaganda del jarabe americano. Isidro le añadió leche, la justa, con lo que el vaso no quedó ni medio.

--‘Echame leche hasta arriba y te lo cobras, ompare’. Isidro le llenó el vaso –De ompare nada –musitó entre dientes-- lo puso delante de él junto con un cruasán encima de una servilleta de papel, le dio doscientas pesetas y sin abrir la boca, con un gesto desabrido de la cabeza, le señaló la puerta.

-- ‘Ni que tuviera uno sarna’, musitó Lavín entre dientes.                                                                     

-- ‘A lo mejor la tienes’, no se calló Isidro.

-- ‘Mis perros se lavan más que tú’, dijo Lavín mientras cruzaba la puerta, pero el Isidro hizo como que no le había oído.

Cuando salí, él estaba instalado encima de su esterilla quitasol de coches, con sus perros y un pico del cruasán a medio comer. Había aguado el café con leche, lo había echado en un tuperware viejo, les había migado un trozo del bollo y allí lo lamían los tres perros, tan felices. Me paré mirando los cuadros.
Al cabo del rato abrió la boca:

-- ‘¿Has escuchao al tabernero, ompare? Si no le gustara tanto el dinero ni me dejaba entrar’.
No supe qué decirle. Todo el día estuve dándole vueltas a la idea de que Lavín podía haber interpretado mi silencio de entonces como un desprecio más, de tantos como lleva acumulados en esta vida.

A la mañana siguiente lo vi en la churrería de la esquina. Esta tiene una ventana grande a la calle para despachar los churros y allí estaba Lavín, aparcada a un lado su bicicleta, los transportines a rebosar, sus perros esperando y medio balón de colores en la cabeza a guisa de gorro. Entré en la churrería, pedí un café con leche y le dije a Lola la churrera:

-- ‘Convida al del gorro, yo lo pago’.

-- ‘Pues buen negocio vas a hacer con el golfo ese’, fue su respuesta.

Tampoco le contesté a Lola sabiendo que me remordería más tarde. En la cuenta, la churrera me cobró un vaso de leche grande y seis churros.

Lavín hizo como que ni me había visto ni sabía de donde le había caído el momio.



Cuando salí de la librería de recoger prensa y revista, me hizo una seña desde la puerta del SuperEco. Me acerco.

-- ‘Gracias por los calientes, ompare. Mañana te convido yo’.

-- ’No vale la pena, hombre, qué mas da. ¿Quien te ha enseñado a pintar?’.

Me mira con sorna.
-- ‘A mí nadie me ha enseñao ná. La vida me enseña’.

-- ‘¿Cuánto vale ese cuadro?’, señalo una de las escenas que veía por primera vez.

-- ‘Lo que tú me quieras dar’.

-- ‘¿Hacen dos mil pelas?’, eran tiempos de pesetas, y saqué del la cartera un billete rojillo de aquellos .

-- ’Desde luego con razón os dicen payos los gitanos. ¿Tú sabes que payo significa tonto?’

-- ‘ Pues algo de eso me habían dicho’.

-- ‘Ese que tienes en la mano no es un cuadro, es una fotocopia: cuarenta pesetas por una cartulina especial y doscientas por la fotocopia en color. ¿Cómo te via estafá más de mil pesetas? Toma, por las dos mil pelas, llévate este que sí es uténtico’.

Es verdad, el que me estaba ofreciendo está dibujado a bolígrafo sobre el dorso de una caja de crispis.

-- ‘No se te olvide, ompare. Mañana tienes el café pagao, y aunque no me hubieras comprao el cuadro, también te convidaba’.
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Así se las gasta Lavín. Cuando me paro a su lado sigo notando su olor agrio, de ropa que se muda muy de tarde en tarde, que esconde entre sus arrugas esa sustancia parda que huele mal, a orina y pelo de perro, pero que en el aire de la calle se nota menos. No admite preguntas. Mejor dicho, contesta cuando le da la gana.

Cuando quiso, me dijo su edad y me contó de su vida algo, "treinta y ocho o treinta y nueve, chispa más o menos. Porque estuve en la Inclusa hasta los nueve años, eso seguro. Ya casi había aprendido a leer, pero los números me se daban mu malamente. Luego me escapé y me recogió mi papa hasta que se murió, que ya yo era un hombrecete. No quise seguir con la caravana, porque mi papa era mi papa, pero los demás no me tenían por gitano y alguno no me miraba bien. Sobre todo los que tenían chiquillas en la flor’. (¿Cómo lo iban a tener por gitano con esa piel rojiza, con esas pecas, con ese pelo casi amarillento que debió ser muy rubio, con esos ojos azules que la vida ha ido  enturbiando? ¿treinta y ocho?, yo hubiera dicho que cincuenta y cinco).


-- ¿Y dónde has andado luego?’ Hace como que no me ha oído y con el bolígrafo azul va pergeñando una nube detrás de unos árboles que parecen eucaliptos. ‘Por el mundo’, me dice cuando yo ya no esperaba respuesta.

-- ‘Llevé la perra a la veterinaria y estaba la gorda. Hasta la pesó y me ha dao un jarabe para que se lo ponga en la leche, pero no lo quiere. Lo que me temo es que me aborrezca la leche. No me cobró ná, ompare, ni por el bote siquiera. Pero ya el animalito está mejor. Le he dicho a la gorda que le voy a regalar un cuadro con tres o cuatro galgos corriendo. Pero pa su casa. Si la otra quiere cuadros que los compre en la tienda’.

Puedo llevarme días y días sin verlo. Cuando quema un punto de venta, desaparece y se busca la vida por otros confines. Alguien me ha contado que pasa el invierno en un pueblo de Jaén, al pie de un castillo de las afueras.

Luego hace las Fallas, conoce la Semana Santa de todas las capitales andaluzas y los pueblos grandes, incluso el Rocío.

-- ’La vida del vagamundo es difícil, ompare. Pa esto no sirve cualquiera’, me dijo la última vez que estuvimos charlando un rato.


                                                                                    Fuengirola, febrero 2005


viernes, 24 de marzo de 2017

Aquella vaquera

Cómo no sería de bonita aquella muchacha para que don Íñigo, el marqués de Santillana exclamara arrobado: 
  
Moza tan fermosa
non vi en la frontera,
como una vaquera
de la Finojosa.
  …/...
No creo las rosas               
de la primavera
sean tan fermosas
ni de tal manera.

Liberando la imaginación uno piensa que sería poco más que quinceañera, aún no arruinada su dentadura gracias a una dieta predominante vegetal y tersa y limpia su piel que protegería con un pañuelo y quizás con una tosca pamela. 




Eran hermosas las vaqueras. Muy posiblemente los hombres que se dedicaban al cuidado de las vacas también gozaban de una calidad de piel muy superior a la del resto de sus contemporáneos. 

Y es que sin saberlo, estaban libres de una de las plagas epidémicas más antiguas de la humanidad: hay quien calcula que la viruela era mal endémico desde más de un milenio antes de Cristo. Las oleadas de la epidemia causaban miles de muertes y los que sobrevivían conservaban en el rostro las marcas y cicatrices de unos enormes y agresivos abultamientos que se llenaban de pus terminando por reventarse. 

Sin embargo lo habitual era que el ganado vacuno padeciera una variante de esa viruela, más benigna que la humana, y el contenido de las pústulas en contacto con la piel de los ordeñadores produjera en estos el efecto vacunación. 

La historia de la Medicina atribuye a Jenner la creación de un método científico de vacunación y es cierto, pero abundando en su conocimiento es obligatorio proceder con honradez y saber que la inoculación del contenido de esas pústulas a las personas para originar una viruela atenuada ya se había practicado siglos antes en sitios tan dispares como Turquía o el Perú donde hay datos en el libro  “Inoculación de las Viruelas”, publicado en Lima en 1778 por fray Domingo de Soria. 

Afortunadamente ahora se cumplen cuarenta años de que en 1977 se divulgara el último caso de viruela  contraída de manera natural, en Somalia por un hombre de 23 años. Sin embargo aún en 1978, y debido a un accidente por mala manipulación del virus en el laboratorio, una fotógrafa médica  lo contrajo y murió dicho año, significando la última muerte humana registrada por este virus en el mundo. La OMS declaró que la enfermedad ha sido totalmente erradicada de la naturaleza por el ser humano.